
Aristóteles limitaba el poder de la vergüenza fundamentalmente a los jóvenes que son quienes, "viviendo entregados casi exclusivamente a la pasión, están expuestos a cometer muchas faltas y el pudor les puede ahorrar muchas". Sin embargo, añade, "la vergüenza nunca se da en una persona de corazón completamente recto, puesto que aquella se produce como resultado de las malas acciones, y una persona de bien jamás debe cometerlas".